Zyanthia nunca había visto al Monarca tan fuera de control. Alaric no caminaba; se desplazaba como una mancha de tinta letal por los callejones de la ciudad baja. Había dejado a Caleb y a sus mejores guerreros custodiando el piso de Elora con una orden simple: "Si alguien que no sea yo intenta cruzar esa puerta, maten a todos y quemen el edificio".
Alaric llegó a un antiguo teatro abandonado, un lugar donde el aire se sentía estático y cargado de ese olor a incienso y cristal que Caelum había