Elora estaba suspendida en un limbo gris. No había luz, ni sombra, solo un vacío sordo donde su corazón apenas enviaba pulsaciones de vida. En el mundo físico, Alaric no permitía que nadie se acercara. Estaba arrodillado sobre el suelo, con Elora apretada contra su pecho con una fuerza ruda, manchando su camisa de seda negra con la sangre dorada de ella.
—¡Despierta, Vance! —gruñía Alaric contra su oído, su voz rota por una agonía que nunca había mostrado—. No te di permiso para dejarme. ¡Vue