La Torre Thorne ya no era un edificio de oficinas; se había convertido en un ecosistema místico. En la planta superior, el silencio era casi absoluto, solo interrumpido por los latidos desiguales de los dos recién nacidos.
Elora permanecía en el gran balcón, observando la ciudad. Sus ojos ya no eran solo humanos; un anillo plateado rodeaba sus pupilas doradas, señal de que su paso por el umbral de la muerte había despertado una divinidad latente.
Alaric apareció detrás de ella. No hizo ruido