El regreso al ático en la ciudad no fue una tregua. Alaric estaba paranoico. Saber que Elora portaba la sangre del Alba lo había vuelto más posesivo que nunca. Él no podía permitir que ese poder se descontrolara o que ella lo usara contra él.
—Tienes que aprender a contenerlo, Elora —dijo Alaric, arrojando su chaqueta al suelo. Su mirada era una mezcla de lujuria y miedo—. Si esa luz estalla frente al Consejo, te quemarán viva antes de que puedas parpadear.
Él la arrastró hacia el centro del