El refugio en los Alpes dejó de ser un santuario de pasión para convertirse en una ratonera de cristal. El estruendo de los motores de nieve y el brillo de las linternas tácticas rodeaban la base del risco. Los cazadores de la Orden de la Cruz de Plata no venían a parlamentar; traían flechas de fresno con punta de plata y luz ultravioleta.
Alaric, con la camisa abierta y los ojos inyectados en una furia gélida, observaba desde el ventanal.
—Llámalo, Elora. Ahora. Si morimos aquí, Sloane no du