El jet privado de los Thorne atravesaba el Atlántico con una elegancia depredadora. En la cabina de lujo, el aire estaba cargado de una electricidad estática que hacía que a Elora le doliera la piel. Alaric no le había dirigido la palabra desde que salieron de la mansión, pero su presencia era como una mano invisible apretándole la garganta. Estaba sentado frente a ella, bebiendo un líquido carmesí de una copa de cristal, con la mirada fija en los documentos de la reunión del Consejo en los Alp