—Dime que me quieres —me pide pegado a mi pelo.
—Te quiero.
—Dime que me necesitas.
—Te necesito.
—Bien. —Me suelta—. Ahuécame la almohada, mujer. Necesito ponerme cómodo para esto.
Paso por alto esa insolencia e intento que se ponga cómodo.
—Los dejaré solos —le digo mientras me dirijo a la puerta.
—¿No vas a quedarte? —balbucea con sus ojos oscuros aterrados.
—No, no es necesario. Estarás bien.
Me resulta muy difícil no quedarme aquí sentada sosteniéndole la mano durante ese trago, pero es al