—No.
Qué decepción.
—¿Tiene que ver con un polvo adormilados al anochecer?
Siento que sonríe sobre la piel que está besando.
—Quizá después.
—Entonces haré lo que tú quieras —le digo, y cierro las piernas con fuerza al imaginar otra magnífica sesión en la arena, deseando que el día pase rápido para que llegue ya el después.
—Tu día empieza ahora, señora White. —Me planta unos cuantos besos sonoros alrededor del ombligo y se sienta a horcajadas sobre mí. Se inclina en dirección a la mesilla de n