Sé que es él, pero eso no hace que deje de dar un giro a la derecha, luego otro, y luego otro más, para volver al punto de partida. Como era de esperar, el DBS me pisa los talones un par de coches atrás. Lo voy a marear, pero bien. Tanteo el asiento de al lado en busca del teléfono y pulso los botones.
—¿Sí? —contesta, borde y cortante. No es su tono cariñoso habitual. Estoy atónita.
—¿Te gusta conducir? —pregunto.
—¿Qué?
—¿Que si te gusta conducir? —repito, esta vez apretando los dientes.
—Add