Intento decirle con un gesto de la mano que no pasa nada, asegurarle que me encuentro bien, pero rápidamente tengo que volver a aferrarme a la taza del váter para seguir vomitando y ahogándome entre arcadas.
—Por Dios, nena. —Parece preocupado, mi tonto neurótico. Sólo estoy indispuesta.
Noto que se acerca por detrás y me sujeta los rizos mientras me acaricia la espalda. No puedo controlarlo. Me han envenenado. Seguro que me han envenenado.
—Estoy bien —digo, me enjugo la cara y me froto