Cada vez alucino más.
—Me estás tocando, está claro que mandas tú.
Intento que me suelte la mano, pero el ruido metálico me indica que ya me ha colocado la manilla. Está la mar de sonriente.
—Perdona. —Mueve nuestras muñecas para que la cadena de las esposas gire a tintinear—. ¿Quién manda aquí? Lo miro, furiosa.
—Tú mandas... Por hoy.
Me arreglo el pelo y coloco el diamante en su sitio.
—Estás siendo de lo más razonable —comenta con tranquilidad antes de tomar mi boca. Me agarro a