Luego abre los brazos.
—Ven aquí —me ordena en voz baja.
No espero ni un segundo antes de acurrucarme en su regazo y dejar que me rodee con su cuerpo.
Apoyo la mejilla en su pecho, encima de la toalla. Su sudor limpio penetra mis fosas nasales y me relajo.
—¿Mejor?
—Mucho mejor —farfullo contra la toalla—. Te quiero, mi señor —sonrío.
Noto que se ríe debajo de mí pero no oigo su risa.
—Creía que era tu «dios».
—Eso también.
—Y tú eres mi seductora. O podrías ser mi señora de el Hotel.