Son las diez en punto. Llevo un par de horas en la editorial y he adelantado un montón de trabajo.
Doy vueltas en mi silla. Casi me da un ataque cuando veo a mi dios arrogante, que me observa con las cejas arqueadas y maliciosas. Su bello rostro luce su clásica sonrisa arrebatadora. Me pongo en alerta máxima al instante.
«¡No, no, no!»
Está para comérselo. Lleva un traje gris y una camisa azul claro, con el cuello desabrochado y sin corbata. Se ha afeitado la barba de dos días y se ha pei