—¿Bailamos?
—No, gracias. —Sonrío, tomo el cambio de la mano del camarero y hago una maniobra de fuga veloz. Me mira decepcionado, pero no vuelve a probar suerte.
Ésta es mi tercera copa de vino. Soy una rebelde. Al diablo. Después del numerito que me ha montado Nick en casa, estoy en una misión secreta de resistencia: tener la última palabra.
Unas cuantas horas después ya no hay tanta gente en el bar y vamos, probablemente, por la tercera botella de vino. Nos ha entrado la risa floja com