Mundo ficciónIniciar sesiónJack Patterson no podía creer que había vuelto a la compañía de su padre. Esa a la que un día prometió jamás volver. Es increíble las vueltas que da la vida. Ahora se encontraba nuevamente recorriendo los pasillos, y viendo esas oficinas, en las cuáles tuvo tantos momentos inolvidables junto a Serena. De hecho, mientras acariciaba los barandales de las escaleras, vino a su mente un recuerdo muy vívido, como si estuviera viendo una especie de película en sus pensamientos.
—¿Te gusta?
Preguntó Jack a Serena mientras él extendía los brazos para mostrarle la majestuosidad de aquella gigantesca compañía..
—¡Es inmensa!
—Y será toda tuya... Toda ... Tuya...—La besó.
—Es la primera vez que estoy en un lugar tan gigantesco, Jack. No tengo idea de cómo voy a manejar un lugar así yo sola.
—Pero es que tú nunca vas a estar sola. Yo siempre estaré a tu lado.
—Sinceramente me preocupa mucho tu padre, pues ya sabes. El me odia después de .... Lo que pasó.
—Olvida eso, y no te preocupes por nada. Deja que por mi padre me preocupe yo.
—¿Y por tu esposa?
—Serena... Yo...—Jack suspiró profundamente—. Naty solamente es alguien a quién recurrí cuando te fuiste, para no estar solo... Pero ella está muy lejos de ser importante para mí.
Justo en ese momento apareció el abogado personal de Jack Patterson.
Algo pasó en Serena Blas desde el primer momento que vió a Albert Lhara. Fue como si cupido la hubiera flechado de inmediato. Él la hizo sentir en un segundo, aquello que Jack Patterson no había conseguido en diez años.
—Jack, ya tengo los papeles que me pediste.
—Gracias, que bueno saber que siempre puedo contar contigo.
Serena se aclaraba un poco la garganta, para recordarle a Jack que ella estaba allí presente.
—Oh, si claro. Qué maleducado soy—dijo Jack—. Albert, ella es Serena Blas... El amor de mi vida, la futura dueña de todo este lugar, y mi fortuna.
—Eso suena muy interesante.
Aseguró Albert tomando su mano, y besándola al mejor estilo de un caballero.
—Serena, él es Albert Lhara. Mi abogado personal, y mi mejor amigo. Se puede decir que este hombre es mi mano derecha.
—Los amigos de mi esposo, también pueden ser mis amigos—comentó Serena de manera sensual e insinuante.
Entre Albert y Serena había una línea de fuego que provocaba chispas mediante sus miradas, pero al parecer, Jack era el único que no la notaba. Quizás estaba demasiado ciego de amor para darse cuenta, o simplemente era un terco que se negaba a ver la verdad, incluso si estaba literalmente frente a sus ojos.
—Ya tengo que irme. Se me está haciendo tarde para mi cita con el terapeuta.
—Oh, si. Si claro... Demonios....—exclamó Jack levemente.
—¿Pasa algo?—preguntó Serena.
—Acabo de recordar que tengo una reunión de negocios muy importante ahora mismo.
—Si no hay problema, yo puedo llevar a la señorita.
—¿Harías eso por mí, Albert?
—Por favor, Jack. La misma pregunta ofende. Sabes que yo haría cualquier cosa por mi mejor amigo, y cliente. Además, es lo menos que puedo hacer por "la futura dueña de todo este lugar".
Albert regalaba una sonrisa, que Serena respondía con complicidad al sonreírle también.
—Así puedes asistir tranquilamente a tu reunión sabiendo que dejas a tu novia en muy buenas manos, ¿Quién podría cuidarla mejor que tu mejor amigo?—insistió.
—Me convenciste—confesó—. Entonces los dejo, ya me tengo que ir. Me avisas cuando llegues para saber que llegaron con bien.
Un beso fue la despedida de aquel inesperado encuentro.
—¿No piensa hablar conmigo, abogado?
Serena decidía romper el silencio en aquel automóvil en dónde solamente viajaban ellos dos.
—Era justo lo que pensaba hacer, pero usted me ganó la partida.
—Ya no está mi novio, así que no tiene nada que temer, abogado.
—¿Miedo?, No conozco esa palabra, señorita.
—Demuéstrelo.
—¿Cómo podría hacer eso?
—Fácil... Robándome un beso...
Albert Lhara lo pensó un momento. Hubo un segundo de silencio en el cuál pasaron miles de cosas por su mente, pero finalmente se decidió por aceptar el reto de la hermosa dama, y de esa manera se inclinó para besarla, pero sus labios fueron detenidos por la mano de la misma Serena, quién sonreía de manera traviesa.
—Ya me quedó claro. Usted es el tipo de hombres que me gustan.
—Usted se dirige a verse con su terapeuta, ¿Puedo saber que clase de terapeuta se trata?
—Sería mejor que no supiera ese aspecto de mi vida, abogado. O al menos, no todavía.
Serena sacó un cigarrillo de su bolso, y el abogado se apresuró mucho para correr a encenderlo. Incluso perdió levemente el control al volante, para darle fuego a ese cigarro que yacía colocado en los labios de esa hermosa mujer.
Serena sonreía complacida luego de soltar un poco de humo. A ella le encantaba tener el control, sobre todo si se trataba de los hombres.
—¿Casado, abogado?
—En una relación, pero no es nada serio... Usted sabe—confesó nervioso.
—Jack Patterson está casado, y créame que eso no es impedimento para mí. Me encanta tomar la vida por los cuernos.... Y.....—Serena acariciaba la pierna de Albert poniéndolo aún más nervioso—. Apropiarme de las cosas que quiero....
Su voz era sensual y provocativa. Albert Lhara no solamente temblaba de los nervios, sino que también sudaba de forma descontrolada. La novia de su mejor amigo lo había logrado enloquecer a solamente una hora de haberla conocido.
—¡Llegamos!
—¿Aquí?
—Si. Justamente aquí.
—Pero es la oficina del doctor Ander Blake. Un psicólogo.....
—Y le agradezco mucho por traerme, abogado. Ya sabe el lugar en dónde estoy todos los días a esta misma hora.
Serena bajó del automóvil, y aguardó a que el mejor amigo de su novio también bajara para despedirla.
—Espero volver a verlo muy pronto.
Un beso en la mejilla, y una caricia en la mano fue la manera en la que Serena Blas se despidió ese día de Albert Lhara.
Cuándo Albert Lhara abrió su palma, notó que Serena había colocado un trozo de papel en ella, con su número telefónico.
Él no lo sabía en ese momento, pero acababa de conocer a la mujer, que lo llevaría directamente hasta la locura.







