HASSAN AL-ÁSAD
El aire de Al-Qamar, que siempre me había parecido embriagador, ahora se sentía pesado, cargado con el peso de mis errores. Bajé del coche con una premura que mis guardias no se atrevieron a cuestionar. Mis pasos resonaban en el mármol pulido, cada eco amplificando el latido furioso de mi propio corazón. El lugar estaba inusualmente silencioso, una calma premonitoria que solo exacerbaba mi ansiedad.
Jamil, con su rostro impasible, me interceptó antes de dar un paso. Sus ojos, sin