HASSAN AL-ÁSAD
La llamada se cortó abruptamente. El silencio en mi oficina era ensordecedor. Me quedé con el teléfono en la mano, como si aún pudiera sentir el eco de la voz de Malak y el llanto de mi chiquilla. Tenía que verla. Tenía que explicarme. Tenía que rogar por su perdón, aunque no lo mereciera.
Pero las palabras de Malak resonaban con una autoridad que no podía ignorar. "No vengas." El miedo de enfrentarla, de ver en sus ojos el desprecio que me había ganado, me paralizaba. Pero el mi