HASSAN AL-ÁSAD
El aire volvió a volverse pesado y difícil de respirar. Sabía que si había buenas noticias, también habría un precio que pagar. Tragué saliva con dificultad.
—¿Y… lo demás? —pregunté, con la voz convertida en un hilo muy fino—. ¿Cómo está la pequeña?
—Ven conmigo —me pidió en voz baja, mirando a los lados con precaución—. Necesito hablar contigo en privado. Hay cosas que solo tú debes saber.
Lo seguí hasta una pequeña sala vacía y cerró la puerta con llave. Ya no quedaba formalid