HASSAN AL-ÁSAD
Las puertas se cerraron detrás de él con un golpe sordo y seco, un sonido metálico que me atravesó los huesos como si fuera el eco de mi propia sentencia de muerte. Me quedé inmóvil, rígido, con la mano aún levantada y los dedos curvados como si pudiera detener el tiempo o borrar la realidad cruel que yo mismo había pronunciado segundos antes. El silencio volvió a apoderarse del pasillo, pero ya no era vacío: ahora era denso, asfixiante, pesado como el plomo, cargado de mi culpa,