Terminamos de cenar en total calma, recogimos los platos y los lavamos juntos. Ella intentando no mojarse su vestido y yo intentando no mirarle el escote. Todo volvió a su sitio como si estuviéramos en una película doméstica de domingo. Ahora estamos sentados en el suelo de la sala, rodeados de cojines, con una copa de vino en la mano y las piernas estiradas bajo una manta ligera. Hablamos... o mejor dicho, nos descubrimos.
No iba a tocar el tema del mensaje de hace un rato todavía.
—Entonces..