Había dejado a Arya en buenas manos. Solo necesitaba calmar mi sed de venganza e iría nuevamente hacia ella.
No podía ni iba a dejarla sola, pero más me ganaba acabar con el tipo que tocó a mi mujer.
El sótano olía a humedad y a miedo. La tenue luz de las lámparas colgantes lanzaba sombras danzantes sobre las paredes manchadas de sangre seca. Los hombres estaban encadenados, sus cuerpos temblaban y la desesperación era un manto pesado que les aplastaba el alma.
Duff estaba entre ellos, altaner