Una semana. Eso fue lo que tardó mi voluntad en imponerse a la enfermedad y a ese coma que casi me arrancó de la vida de mi hijo.
Una semana después de despertar del coma, ya estaba fuera de peligro, con el respirador solo como soporte ocasional y los monitores marcando un ritmo estable. Mi cuerpo, aunque debilitado y dolorido por la reciente cirugía y la lucha, se aferraba a la vida con una tenacidad que incluso a mí me sorprendía.
Durante esa semana, la habitación de la UCI se convirtió en un