El mundo se detuvo cuando Daisy abrió los ojos. Sentí que mi corazón, esa bomba biológica que siempre había ignorado en favor de la razón, se encogía hasta el tamaño de un guisante congelado para luego explotar con una furia de alivio que me inundó las venas.
No era un reflejo, no era un espasmo, era ella. Sus ojos, antes velados por la niebla del coma, ahora estaban fijos en mí, llenos de un entendimiento desesperado y una luz feroz. Ella había escuchado la condena y la prueba de mi absoluta d