Las siguientes veinticuatro horas fueron el limbo más frío y cruel que jamás vivimos. La mansión Savage entera se había trasladado al hospital. Dejamos las camas vacías, la sala fría, la cocina deshabitada. Todos nos mudamos esas últimas horas, y todos nos comprometidos a que queríamos pasar la mayor parte del tiempo con ella, para hacerla sentir cómoda y que se fuera en paz.
Las habitaciones de espera adyacentes a la UCI se convirtieron en nuestra base de operaciones, improvisada con cojines,