Mi peor pesadilla se había materializado, una variable que mi mente se había negado a calcular, o que yo mismo me había negado a pensar. Era el colapso absoluto de la estabilidad.
El doctor Andrews me había llevado a una sala de consulta sobria y fría, donde la luz artificial, áspera y sin alma, iluminaba el informe médico con una crueldad clínica. La carpeta gris sobre la mesa, con el logo del hospital, contenía el destino de mi esposa, escrito en terminología médica incomprensiblemente fría.