Oscuridad. Frío. Silencio.
Era como estar bajo un mar pesado y sinuoso, donde cada movimiento era una lucha desesperada contra una corriente de plomo. Sentía la presión del tubo en mi garganta, la frialdad de las sábanas sobre mi piel y el peso de una manta sobre mi pecho, pero no podía mover mi cuerpo. La única realidad constante era el sonido rítmico de una bomba de aire; la respiración artificial que me mantenía anclada a la no-existencia.
«Estoy aquí. No estoy muerta. No me suelten» gritaba