El silencio en el ala este de la mansión Savage era, finalmente, una bendición. Las gemelas, Aura y Vera, dormían después de haber convertido el gimnasio en un campo de obstáculos, y Dalton, por primera vez en años, no estaba en su cueva digital.
Estaba en la sala, revisando obsesivamente su teléfono, su rostro iluminado por la promesa de un mensaje de texto. La luz que emanaba de su rostro era diferente; ya no era el resplandor azul de la frustración que conocía tan bien, sino un suave tono do