Mi euforia por el beso se desvaneció un poco cuando mi padre, con la frialdad de un director de banco, me puso frente a la cruda realidad: un beso en la mejilla no era una relación.
—Ella te dio el inicio —me había dicho papá cuando me sentó esa noche—. Ahora tú tienes que asegurar el contrato.
Mi padre orquestó el movimiento. La clave era la exclusividad y la formalidad. No supe cómo, pero me dio el número privado de Daisy, un privilegio que solo los hijos de socios de alto nivel tenían.
—Un m