Cuatro meses.
Ciento veinte días de guerra química y crecimiento silencioso.
Desde que Massimo había dejado de ser una amenaza, una noticia que me aterraba por sus implicaciones oscuras, pero que aliviaba mi corazón de un peso insoportable, nuestra vida se había centrado en una sola cosa: la supervivencia. El doctor Andrews nos había puesto en el protocolo experimental más agresivo, manteniendo la dosis de quimioterapia al mínimo para proteger al bebé, pero lo suficientemente fuerte para intent