Había transcurrido más de una hora desde que di la orden de ejecución a Massimo Conti. Regresé a la mansión Savage, incapaz de permanecer en la esterilidad del hospital y subí al tejado. Necesitaba la altura, el aire frío y la inmensidad del cielo nocturno para enfrentar lo que había hecho. Me senté en el borde y mis pies colgaban sobre la nada, sintiendo la punzada constante de mi herida; el dolor físico era preferible a la agonía moral.
La estrella de llavero, el antiguo símbolo de mi control