El silencio de la UCI era engañoso. Dentro de mí, un grito mudo rasgaba el velo de la sedación. La advertencia de Avery, clara y aterradora, se repetía en mi mente: Si esperas demasiado, la mancha de sangre será permanente. Yo había abierto la puerta a la oscuridad, y Dalton, por su amor equivocado, había entrado. Había elegido la venganza para darme paz, sin comprender que la idea de que él fuera un asesino era una nueva y peor agonía.
Abrí los ojos y el monitor de mi ritmo cardíaco emitía un