Dejé a Daisy sedada y estable, con su mano todavía aferrada a la pequeña estrella de llavero. Su última frase, ese deseo helado de aniquilación: "Quiero que él muera, Dalton," me persiguió fuera de la habitación como una sombra fría.
No era la justicia fría y lógica que yo perseguía; era el caos puro, la necesidad primitiva y visceral de revancha que nacía del dolor. Mi misión científica había sido aniquilar a Massimo con pruebas; la misión de su corazón era, ahora, aniquilarlo por completo.
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