La sala de espera de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital General Metropolitano era asfixiante. Las paredes de color verde pálido, descoloridas por años de luz artificial, eran opresivas. Las luces fluorescentes en el techo zumbaban con un ruido constante y de baja frecuencia, como un pitido que perforaba el silencio. Y el olor, el penetrante y frío olor a desinfectante industrial y a muerte encubierta, se aferraba a mi traje como un virus.
Yo estaba sentado en un sillón de vinilo duro