El viaje hacia la prisión estatal se hizo en el silencio del vehículo de Dalton. El auto olía a ozono y a la menta de su goma de mascar, un aroma de concentración que me resultaba tranquilizador. A mi lado, Dalton conducía con una tensión palpable, con sus nudillos blancos apretando el volante. Sabíamos que esa visita era un acto final de liberación y, a la vez, una provocación imprudente.
Papá no estaba en las mejores condiciones mentales, y provocaríamos una explosión dentro de él con nuestra