El jet privado aterrizó en medio de una lluvia fría y persistente, un augurio sombrío después de siete años. La última vez que había estado en esa pista privada, era una muchacha asustada con una maleta de cuero. Ahora, bajaba del avión con un traje de corte impecable, experta en gestión cultural de Milán, pero con el corazón latiéndole desbocado porque sabía que volvería a verlo.
La prioridad era clara: la legalidad. La guerra de mi padre era ahora mi guerra, y debía defender el patrimonio que