El frío de Zúrich había sido reemplazado por la humedad densa y el aire acondicionado del Hospital Metropolitano. Siete años de mi vida habían transcurrido en la esterilidad de un laboratorio, huyendo de ese lugar, y tardé solo once horas en regresar a casa, como el hijo pródigo que volvía a los brazos de su padre.
Aterricé de madrugada, pero mi madre me esperaba en el aeropuerto. Su abrazo fue un nudo apretado que me arrancó el traje de físico y me devolvió al hijo que se fue. Sentí que tembla