La luz de la luna entraba por el ventanal, pintando la habitación del color de la plata. El olor a jabón y a talco flotaba en el aire, y dentro de esa pequeña habitación estaba lo que más me importaba sobre la faz de la tierra. Las paredes, pintadas de un azul suave, tenían estrellas que brillaban en la oscuridad, y una cuna de madera maciza se erigía en el centro de la habitación, imponente como él. Era un lugar tan inmaculado, tan puro, que contrastaba con el infierno de mi vida. Ese bebé era