31 | ¡Es mi hijo!

En los días que siguieron las paredes blancas del hospital psiquiátrico se convirtieron fueron mi único mundo. Los rostros de los médicos y enfermeras eran un borrón constante de indiferencia. Me sedaban, una y otra vez, hasta que la realidad se volvía un eco lejano. Las horas se fundían en un torbellino de sueño inducido por los fármacos, seguido por breves momentos de lucidez que usaba para gritar, golpear las paredes y exigir que me dejaran salir.

Pero mis gritos nunca recibían respuesta, so
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