El sabor de las pastillas era el único que mi lengua conocía.
Cinco años.
Cinco años de paredes blancas, de luces frías y de la misma rutina deprimente que por instante me hacía querer robar algo para acabar con mi vida. Había perdido la cuenta de los amaneceres y los atardeceres que me privaron, de las comidas deliciosas en los restaurantes de lujo, de conducir mi propio auto y sentir el viento en mi cabello. Mi cabello, una maraña oscura, caía hasta mi cintura, como un recordatorio del tiempo