El olor a antiséptico y a desesperación inundaba los pasillos del hospital. La sala de espera era un purgatorio de luz fría y sillas de metal, y por primera vez me sentí como un simple mortal, sin tener el control de las cosas. Una impotencia que no había sentido en años se apoderó de mí. Las manos que construyeron un imperio, que mataron hombres, que tocaron el rostro de Avery, temblaban.
La sangre de Avery que había cubierto el suelo de mi baño, se negaba a desaparecer de mi mente. No me impo