La risa de Avery, un sonido seco y descarnado, me taladraba los oídos. Se reía de mí, de la rabia que me quemaba por dentro. Yo era el Segador, un hombre de acero y plomo, un rey de la oscuridad, y esa niña me miraba con burla. No había dolor en su rostro, solo una sonrisa de loca, como si hubiera perdido la cabeza.
Mis manos, puños cerrados a mis costados, temblaban cuando la escuché reírse. La escuché burlarse de mí, me sacó del sueño. Descalzó salí de mi cama y abrí la puerta de su habitació