El grito que salió de mi garganta fue tan crudo y animal que me pareció ajeno, como si no fuera yo quien lo hubiera soltando. No era un grito de dolor, sino uno de horror.
Mi padre yacía sobre la mesa de metal, su cuerpo profanado, su rostro sin cerebro, solo un hueco vacío. No era un cadáver; era una pieza de carnicería, y el hombre que me había prometido un futuro desgarrador, el hombre que me había jurado venganza por su esposa, era el artífice de esa pesadilla. Había cumplido su palabra, mi