Cenicienta.
Entré. El clic de la puerta cerrándose tras de mí fue un alivio efímero, una burbuja de silencio en medio del caos. Allí, bajo la luz azulada y fría de los monitores, estaba él.
Verlo así, reducido a un cuerpo frágil e inconsciente, me desgarró de una forma que nadie podría entender jamás. Me acerqué con pasos vacilantes; mis dedos temblaban, suspendidos a milímetros de su piel. Estaba frío. De pronto, me sentí sucia. Sentía que no tenía derecho a tocarlo, y sin embargo, la necesidad de senti