Agnés parpadeó, recuperándose de su exabrupto, pero el surcó de molestia en su rostro no desapareció.
—Me volvió a quitar todo —susurró la anciana, dando un paso hacia Serethia y, de un tirón, la sujetó del cabello, provocándole un gemido que rompió el silencio, pero no la perturbó—. Creí haber hecho un buen trabajo, al menos contigo, Lia; siempre pudiste ver más allá… Pero terminaste siendo igual de débil que tu hermano.
Lia bajó la cabeza, sin atreverse a mirarla. Las palabras de la mujer may