La anciana alzó el bastón sin desviar sus ojos, sin sentir la menor turbación ante la forma de actuar de Alec.
La respiración de este se volvió irregular y el pecho le dolió como si alguien le arrancara las costillas. Sin embargo, avanzó de forma tambaleante, mientras la furia aumentaba con cada paso, una sombra que nublaba su razón, y las serpientes viscosas parecieron enrollarse otra vez en su pecho.
—Detente, debo terminar la purificación por tu bien.
El bastón de plata dejó de apuntar a Ser