Serethia no dijo nada, solo lo miró de espaldas en silencio. Colocó un brazo sobre el mesón y apoyó la mejilla en este, sin soltar la taza caliente. Y por un momento, toda la vergüenza que sentía se esfumó, siendo reemplaza por una presión punzante en su pecho.
Alec actuaba como si la noche anterior no hubiese cambiado nada, pero para ella lo había cambiado todo. Había aceptado por voluntad propia, sin intervención de su instinto, aparearse con un humano.
Y no lamentaba hacerlo, aunque romper la