Capítulo 37

Kaelvar entrecerró los ojos y un gruñido bajo vibró en su garganta. La sacerdotisa dio un paso atrás y la Sel’Kaïra puso su lanza en posición de ataque, esperando que el extraño hiciera algún movimiento… O una orden del rey Alfa.

—Un condenado...—escupió la palabra con repugnancia, sin molestarse en ocultarlo. Para él, todos los licántropos enviados a ese mundo eran la misma basura: escoria débil, indigna, que no merecían su existencia.

—Sabía que vendrías a buscarla. —El otro licántropo habló con calma, ignorando la prepotencia con la que el Alfa hablaba—. Aunque debo admitir que ya se me estaba acabando la paciencia.

El licántropo alzó la mano, justo cuando vio las sombras deformar la del Alfa; los dedos se habían empezado a alargar hasta convertirse en garras. Kaelvar se detuvo, observando como de los dedos del otro licántropo colgaban unas hebras de cabello plateado que brillaban bajo la luz de la luna.

—Encontré hace algunos días algo que te pertenece, y supuse que te interesarí
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