Kaelvar entrecerró los ojos y un gruñido bajo vibró en su garganta. La sacerdotisa dio un paso atrás y la Sel’Kaïra puso su lanza en posición de ataque, esperando que el extraño hiciera algún movimiento… O una orden del rey Alfa.
—Un condenado...—escupió la palabra con repugnancia, sin molestarse en ocultarlo. Para él, todos los licántropos enviados a ese mundo eran la misma basura: escoria débil, indigna, que no merecían su existencia.
—Sabía que vendrías a buscarla. —El otro licántropo habló