Anonadado, la observó deslizar la manta que cubría su cuerpo, revelando su piel febril. Sin apartar la mirada de la suya, como si estuviera bajo un hechizo, Serethia alargó las manos y tomó su rostro. Su propia piel contrastaba con el calor que ella emanaba… Un contraste que les arrancó a ambos un sonido bajo, casi un gruñido, que parecía vibrar con una necesidad arrancada de lo más profundo de sus entrañas.
Y entonces, más dolor pareció atravesarla, por lo que se encogió sobre si misma sin soltarlo. Alec tampoco lo hizo. No porque no quisiera, sino porque algo lo mantenía anclado a ella, como si su propia voluntad hubiera sido arrancada. Era el toque que había anhelado desde siempre, aun sabiendo que era prohibido. Aun sabiendo que, en condiciones normales, no era lo que ella desea… y, aun así, no pudo dejarla.
Tampoco lo hizo cuando ella comenzó a acercarse. De hecho, fue él quien disminuyó la distancia que separaba sus rostros, buscando sus labios como si algo más grande que ellos