Anonadado, la observó deslizar la manta que cubría su cuerpo, revelando su piel febril. Sin apartar la mirada de la suya, como si estuviera bajo un hechizo, Serethia alargó las manos y tomó su rostro. Su propia piel contrastaba con el calor que ella emanaba… Un contraste que les arrancó a ambos un sonido bajo, casi un gruñido, que parecía vibrar con una necesidad arrancada de lo más profundo de sus entrañas.
Y entonces, más dolor pareció atravesarla, por lo que se encogió sobre si misma sin sol