Capítulo 36

Anonadado, la observó deslizar la manta que cubría su cuerpo, revelando su piel febril. Sin apartar la mirada de la suya, como si estuviera bajo un hechizo, Serethia alargó las manos y tomó su rostro. Su propia piel contrastaba con el calor que ella emanaba… Un contraste que les arrancó a ambos un sonido bajo, casi un gruñido, que parecía vibrar con una necesidad arrancada de lo más profundo de sus entrañas.

Y entonces, más dolor pareció atravesarla, por lo que se encogió sobre si misma sin sol
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