Después de veinticuatro horas bajo observación y una serie de estudios, por fin pudieron volver a casa.
El trayecto transcurría en un silencio denso que ninguno de los dos parecía querer finalizar. Serethia miraba por la ventanilla, absorta en aquel mundo extraño, lleno de cosas diferentes a las que existían en el suyo. De vez en cuando, desviaba la mirada hacia Alec. Él llevaba el brazo enyesado, sostenido por un cabestrillo, y no la había mirado ni una sola vez desde que despertó esa mañana. S