Pero unos brazos firmes la rodearon justo a tiempo, impidiendo que cayera de nuevo al asfalto. El contacto, cálido y sólido, le devolvió un hilo de estabilidad en medio del caos.
—Serethia, tranquila… está bien
Escuchó la voz de Alec, tan cerca de su oído que el ruido a su alrededor pareció bajar de golpe. Serethia se aferró a él, como si sus brazos pudieran protegerla de todo el desorden en el que parecía estar sumido el mundo.
De pronto, una motocicleta pasó cerca, su escape tronando como un